Esa sonrisa de idiota.

-Quién me lo iba a decir, en el fondo soy una romántica.
-Todos lo somos en cierta medida, aunque a veces haga falta un determinado empujón para descubrir esa faceta de uno mismo.
-Pues sí, yo me he vuelto así. Antes era una cínica que no creía en nada.
-Yo también. Era de esos que a la mínima cursilería ponía cara de asco. Pero creo que tú y yo nos hemos transformado el uno al otro.
-Aún no estoy segura de si eso es algo bueno o malo.
-Yo creo que bueno. Hemos descubierto una faceta nueva de nosotros mismos.
-Si tú crees que es bueno, entonces está bien.
-Y si fuera malo, me daría igual. Soy completamente adicto a la sonrisa que aparece cuando te digo algo bonito.
-…Lo has vuelto a hacer. Deja de hacer que aparezca.

Amor puro.

Se le da demasiada importancia al amor puro. Ese amor del que se habla en los cuentos de hadas y en las películas de Hollywood.
Precisamente, el mejor amor, el que más se disfruta y el que más te llena, es el que tiene impurezas.
Aquel que tiene pinceladas de locura, ese con destellos de lujuria, aquel que tiene una pizca de guerra, en el que peleas con la persona amada sólo por el dulce placer de la reconciliación. Cuántas veces he deseado callarte la boca con un beso enfadado y te he castigado por tu insolencia rodando sobre ti haciéndote cosquillas.
Donde la risa y las confidencias tiñen ese amor tan perfecto de un color más bonito aún, como pequeñas partículas de hierro dando colores vívidos al cuarzo, convirtiendo a la persona amada en tu mejor amigo.
Pero aún así, ese amor impuro debe salir espontáneamente, no se vale a jugar al alquimista que manipula la naturaleza para transformar las piedras en oro. No.
Ese amor es como una piedra preciosa rara, valiosa, y muy buscada. Pero por supuesto, cuando lo encuentres, será como un diamante. Hermoso, brillante, duro, y sobre todo, para toda la vida.

Duérmete niña.

Maldito insomnio.
Llevo unas cuantas noches seguidas en las que apenas puedo dormir. Me voy a la cama a horas innobles (más bien, las habituales para mí), aunque eso no es lo peor.
Tampoco es lo peor el hecho de dar vueltas en la cama rato y rato y que, cuando por fin consigo dormirme, lo haga a trompicones y sin caer dormida del todo.
No.
Ni tan siquiera el hecho de ir cansada por la vida y apenas estar bien para ir a clase, estar atenta y entender lo que me dice la gente a mi alrededor. Eso también me molesta un poquito, pero no es lo peor.
Lo peor es que me quita mis preciadas y ya de por sí escasas horas de sueño, y eso me duele porque así, casi no puedo soñar contigo.

Desgárrame.

 

-Tengo que decirte algo que no es nada fácil. Verás, yo… lo siento mucho, me duele en el alma, pero tengo que decirlo. Yo… ya no te quiero.
-…
-Por favor, di algo…
-…¿Por qué lloras?
-Porque estoy muy triste. Porque aunque ya no te quiera, sigues importándome demasiado.
-…

 

Y ésas han sido las palabras más hirientes que me han dicho nunca.

Monólogo interno.

Tienes que aceptarlo: Ya no está aquí, y ya está. Para. No pienses en ello. No es sano. Tienes cosas de las que ocuparte. Tu futuro está en juego. Y tú aquí, pensando en un chico. Vale, en un chico muy majo, sí. En un chico muy simpático y cariñoso, de sonrisa contagiosa, que te alegra el día con tan sólo abrazarte. En un chico dulce y atento, capaz de llorar por el hecho de no verte en unos 60 miserables días, y que haría cualquier cosa por ti. Y tú por él. Incluso poner en juego tu futuro.

…Oh, mierda.

Ternura

-Te quiero. Y ya no sé de qué otra manera decírtelo para no repetirme y no cansarte.
-No es necesario que lo digas de ninguna otra forma, así está bien…
-…¿Y si te digo que eres lo mejor que me ha pasado en toda mi vida?

El cielo de tu espalda.

Me encanta tu espalda. Tu espalda, ancha, blanca, suave, salpicada de pequitas aquí y allí. Donde se marcan tus vértebras cuando la arqueas, y donde te da un escalofrío cuando paso mis dedos por encima de tu columna, sin apenas tocarla, sólo rozándola, y te ríes con esa risa tuya tan natural que se contagia.
Y entonces es cuando te giras sonriendo y me dices que me quieres.
Y entonces es cuando bajo la mirada y me pongo a contar esas pecas que tienes repartidas aquí y allá por toda la espalda.
Y es cuando, con mis dedos, me dedico a trazar dibujos entre ellas, como un barco que navega por la blancura de tu piel evitando obstáculos redonditos y pequeños.
O cuando me dedico conectar los lunares entre sí, como en los libros de actividades de cuando era pequeña, en donde trazabas líneas entre los puntos para formar dibujos. Sí, eso mismo: tu espalda es como una hoja de un cuaderno de actividades para niños. O mejor aún. Tu espalda es un cielo blanco con miles de estrellas que forman constelaciones desconocidas. Y yo, cual astrónomo estudioso, me las conozco todas.

Tienes 74 estrellas en el cielo de tu espalda. Y sé encontrarlas todas sin necesidad de telescopio.

Bonita, tú

-Bien, lo reconozco. Tenías razón.

-¡Bueno, ya era hora! ¿Vas a decirme al fin que no soy sólo una cara bonita?

-Eh, espera. Yo nunca dije que sólo fueras una cara bonita.

-…Ah, ¿no?

-No. Aparte de tu cara, también tienes unos ojos bonitos, unas piernas bonitas, y un pelo bonito. De hecho, toda tú eres bonita. Aunque debo decirte que lo que menos bonito tienes son las manos. Cuídatelas un poco más, anda, que una chica tan guapa no debería ir con las uñas tan cortas. ¿Aún te las muerdes? Pues mal hecho. Seguro que tu madre te dice lo mismo que yo. ¿A qué sí? ¿A qué no me equivoco?

-…Te odio.