
Amor puro.



Maldito insomnio.
Llevo unas cuantas noches seguidas en las que apenas puedo dormir. Me voy a la cama a horas innobles (más bien, las habituales para mí), aunque eso no es lo peor.
Tampoco es lo peor el hecho de dar vueltas en la cama rato y rato y que, cuando por fin consigo dormirme, lo haga a trompicones y sin caer dormida del todo.
No.
Ni tan siquiera el hecho de ir cansada por la vida y apenas estar bien para ir a clase, estar atenta y entender lo que me dice la gente a mi alrededor. Eso también me molesta un poquito, pero no es lo peor.
Lo peor es que me quita mis preciadas y ya de por sí escasas horas de sueño, y eso me duele porque así, casi no puedo soñar contigo.

-Tengo que decirte algo que no es nada fácil. Verás, yo… lo siento mucho, me duele en el alma, pero tengo que decirlo. Yo… ya no te quiero.
-…
-Por favor, di algo…
-…¿Por qué lloras?
-Porque estoy muy triste. Porque aunque ya no te quiera, sigues importándome demasiado.
-…
Y ésas han sido las palabras más hirientes que me han dicho nunca.

Tienes que aceptarlo: Ya no está aquí, y ya está. Para. No pienses en ello. No es sano. Tienes cosas de las que ocuparte. Tu futuro está en juego. Y tú aquí, pensando en un chico. Vale, en un chico muy majo, sí. En un chico muy simpático y cariñoso, de sonrisa contagiosa, que te alegra el día con tan sólo abrazarte. En un chico dulce y atento, capaz de llorar por el hecho de no verte en unos 60 miserables días, y que haría cualquier cosa por ti. Y tú por él. Incluso poner en juego tu futuro.

-Bien, lo reconozco. Tenías razón.
-¡Bueno, ya era hora! ¿Vas a decirme al fin que no soy sólo una cara bonita?
-Eh, espera. Yo nunca dije que sólo fueras una cara bonita.
-…Ah, ¿no?
-No. Aparte de tu cara, también tienes unos ojos bonitos, unas piernas bonitas, y un pelo bonito. De hecho, toda tú eres bonita. Aunque debo decirte que lo que menos bonito tienes son las manos. Cuídatelas un poco más, anda, que una chica tan guapa no debería ir con las uñas tan cortas. ¿Aún te las muerdes? Pues mal hecho. Seguro que tu madre te dice lo mismo que yo. ¿A qué sí? ¿A qué no me equivoco?
-…Te odio.
Voy a decirlo sin tapujos. Te quiero. Quiero que estés aquí frente a mí. Quiero que te desnudes. Sí, puestos a ser sinceros, dígamoslo todo. Quiero que te desnudes, que te quites cada pieza de ropa, una a una, y que las dejes ahí mismo. Quiero que me ayudes a quitarme la mía, y que me abraces muy fuerte. Quiero que caigamos los dos abrazados en esa cama tan grande de matrimonio que tan bien nos conocemos, y quiero que me dejes tocar cada centímetro cuadrado de tu piel. Quiero memorizar cada milésima parte de la superficie de tu cuerpo, ¿tan malo es eso?
Y hablando de deseos, quiero que luego vayas a comprar helado de vainilla, que se nos ha acabado. No te preocupes, que no me moveré, te esperaré aquí, justo aquí. Te dejo vestirte para ir a buscarlo; aunque tienes un cuerpo demasiado bonito como para que los demás no lo vean, soy celosa del secreto que he descubierto, y no quiero compartirlo con nadie. Cuando hayas ido a por el helado, quiero que me lo des, junto a dos cucharas. Quiero que te vuelvas a desnudar, y quiero que te eches conmigo para que compartamos la tarrina, que ya sabes que es demasiado para una sola persona.
Y quiero que juntos miremos pelis antiguas hasta que salga el sol.